Allá lejos y hace tiempo.
Los caminos de la vida, las circunstancias familiares y los momentos políticos y sociales del país de origen los guiaron en la decisión más trascendente de su vida: partir hacia América. “Fare la América”, decía el italiano.
La decisión no fue sencilla, el esfuerzo personal y familiar significó para las sociedades europeas una gran posibilidad de recuperación económica y social en tiempos de guerra, desempleos y crisis políticas.
La inmigración fue para la Argentina el cambio social más trascendente de los últimos doscientos años.
La ley de inmigración de 1876 promovió la llegada de un masivo aluvión poblacional, como lo denominó el historiador José Luis Romero. El estado garantizaba en esa etapa del siglo XX cinco días de alojamiento en el Hotel de Retiro y también el asesoramiento de la Bolsa de Trabajo.
El crecimiento económico del país requería la mano de obra trabajadora tanto en el campo como en la ciudad. Así las distintas nacionalidades se fueron distribuyendo en regiones diferenciadas del país: galeses en Chubut; franceses, holandeses y dinamarqueses en el centro de la provincia de Buenos Aires; Italianos en Cuyo, alemanes y judíos en Santa Fe y Entre Ríos; árabes y sirios en Tucumán y Santiago del Estero; polacos, ucranianos y rusos en las colonias misioneras y muchos más
Y en todas las grandes ciudades y pequeñas poblaciones los españoles e italianos.
Las diversas nacionalidades aportaron al país sus propias costumbres y muchas influencias en su desarrollo cultural. El teatro, la música, la literatura, tienen en sus expresiones notables ejemplos en el sainete, el grotesco, los bailes y ritmos populares, y las expresiones del arte contemporáneo.
El gran club Xeneise recibió su nombre de los genoveses, paella valenciana es típica en el puerto de Mar del Plata, la pizza napolitana que se degusta en todos los rincones del país. La “pasta de la nonna” que congrega a la familia, los varenikes de la colectividad judía, el chucrut alemán y Grau Pirok, la Cracovia polaca, los kepes árabes y el gulash húngaro, todos estos exquisitos platos son tan representativos de cada nacionalidad y se han difundido entre nosotros como herencias culturales de nuestro pasado inmigratorio.
Ballet de danzas italianas de Club Italiano.
La labor de los inmigrantes en el mundo del trabajo también se destacó en muchos oficios: albañiles, carpinteros, yeseros, agricultores, sastres, panaderos, verduleros, entre otros.
La oportunidad de trabajar y de mejorar sus ingresos en empleos más calificados, les permitió ayudar con sus ahorros a sus familias del país de origen y esforzarse fuertemente para cumplir con el sueño de la casa propia y la educación de los hijos, sintetizadas en la frase “mi hijo el dotor”.
Por eso nosotros compartimos un ámbito de formación que nos invita a intercambiar los bienes de la cultura italiana y argentina, sin que esto nos deje olvidar sobre las raíces ancestrales nativas y originarias de los pueblos propiamente americanos.
Todos podemos desarrollar nuestras vidas comunitarias sin perder esta doble mirada, a la tierra, la pachamama y los grupos étnicos que fueron sometidos por las fuerzas de las armas y a los barcos, como símbolos de la otra población que también fue sometida y desplazada por los movimientos cíclicos del capitalismo, y que marchó hacia nuestro país con empeño y el convencimiento de que otro futuro mejor era posible.
Para ello no ahorraron ningún esfuerzo, sufrieron privaciones, y fueron seguramente los más grandes ejemplos de perseverancia, honestidad y espíritu de superación, cualquiera fuera su nacionalidad.
Por eso hoy queremos expresar nuestro agradecimiento.
A nuestros padres, abuelos y bisabuelos que se radicaron en Argentina.
A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que quisieron habitar el suelo argentino, como expresa el preámbulo de nuestra constitución nacional.
Otra vez muchas gracias por elegir con su destino nuestra patria.
Mónica Inés Parada.
Reconocida Profesora de historia del Instituto Giovanni Pascoli.
Allá lejos y hace tiempo.
3/6/2009 |